Problemas de conducta en niños

El cuidado y la educación de los niños, sus problemas de conducta, sus problemas y el desarrollo de su personalidad son asuntos que tienen una gran importancia en la vida de nuestra comunidad. Como expertos en psicología infantil te explicaremos cosas muy interesantes sobre la conducta de los niños que puede ser una valiosa ayuda para los padres, maestros y otros adultos que dedicamos tanto tiempo e interés a nuestros pequeños ciudadanos. Te recomendamos leerlo con mucha calma y atención.

 

Los niños aprenden a comportarse

Cuando un niño nace, no sabe jugar, estudiar, pensar, querer a los demás, prestar atención, hablar… Todas estas habilidades y conductas y la inmensa mayoría de las que un niño manifiesta las va aprendiendo a lo largo de los días y de los años. Los padres, maestros y otras personas de la comunidad intervenimos de manera decisiva en ese largo y complejo aprendizaje.

Las rabietas, agresiones, peleas, miedos, timidez, desobediencia, problemas con las comidas… y la mayoría de los problemas de conducta que los niños presentan durante el desarrollo de su personalidad también los aprenden, no nacen con ellos. Y también en ese aprendizaje intervenimos activamente nosotros.

Jugar, pensar, tener miedos… y la mayoría de lo que un niño hace, piensa y siente son CONDUCTAS APRENDIDAS. Para comprender a los niños, prevenir sus dificultades y ayudarles a resolver sus problemas es importante pues, que sepamos explicar cómo aprenden sus conductas y sus problemas de conducta y cómo cambian y desarrollan su modo de comportarse. Vamos a verlo.

 

Explicaciones inadecuadas de la conducta de los niños

Para conseguir estos objetivos quizá tengamos que cambiar primero algunos modos habituales de explicar la conducta de los niños. En efecto, algunas de nuestras explicaciones son inadecuadas. Veamos:

  1. a) El recurso al destino y a la herencia (“ha nacido torcido”, “le sale de dentro”, “cuando le da, le da”, “ha salido a su padre”…) fomentan en padres y maestros actitudes fatalistas, de desconcierto y desánimo (“genio y figura”…, “no hay quien os entienda”…). El niño acaba pensando también de sí mismo que “es incorregible”, que ha “nacido torcido”, que “no hay quien lo entienda”… En estas condiciones es poco probable que desee cambiar y que sepa cómo hacerlo. Entonces, los padres y maestros quizá decidan “dejarlo por imposible”.
  2. b) Las etiquetas (“apático”, “malo”, “responsable”, “neurótico”, “egoísta”, “está mal de la cabeza”, “está loco”, “es hiperactivo”…) y las interpretaciones precipitadas (“le veo como falto de afecto”) también tienen serios inconvenientes. Veamos algunos:
  • Son tan vagas e imprecisas que no nos permiten comprender con claridad lo que se quiere decir con ellas, no nos permiten saber lo que ha ocurrido realmente.
  • Se prestan, por eso mismo, a multitud de interpretaciones diferentes. En efecto, ¿cuántas cosas diferentes pueden significar para distintas personas las etiquetas de “hiperactivo”, “malo”, etc.?
  • Por ser tan poco precisas y concretas dificultan el acuerdo. Es más, ocasionan con relativa frecuencia desacuerdos y discusiones entre aquellas personas interesadas por el niño. Uno de los profesores dice de Pedro que es “apático e irresponsable”, y otro piensa todo lo contrario. ¿Cómo podrían ponerse de acuerdo sobre la conducta de Pedro?
  • Con interpretaciones precipitadas corremos el peligro de equivocarnos
  • Constituyen, además, generalizaciones incorrectas e injustas. El padre de Juan, olvidando muchas conductas positivas de su hijo, se fija solamente en una (empujar a su hermano) y es la única que tiene en cuenta a la hora de dirigirse a él (“eres un agresivo, siempre estás así”).
  • Por otra parte, si al padre de Juan le preguntamos por qué dice que es “agresivo”, nos dirá probablemente “porque ha empujado a su hermano”. Y si le preguntamos de nuevo por qué cree que ha empujado a su hermano, intentará “explicárnoslo” diciendo “porque Juan es agresivo”. Con estas respuestas, seguiremos sin comprender por qué Juan empuja a su hermano.
  • Si queremos ayudar a Juan y a Pedro a cambiar su forma de comportarse, estas etiquetas no nos aportan orientaciones útiles de cómo hacerlo. Por eso no es extraño que muchas veces estemos totalmente desconcertados y utilicemos procedimientos de cambio inadecuados: castigos indiscriminados y sermones, apelar a la “fuerza de voluntad” del niño, visitas angustiadas y repetidas a los especialistas para que “arreglen al niño la cabeza”, etc.
  • Un grave inconveniente de las etiquetas y del recurso al destino y a la herencia es que tienden a ver la conducta de los niños como una cuestión meramente personal, individual e interna del niño, corno algo de “su cabeza”. Olvidan la estrecha relación que tiene con todo lo que ocurre en el ambiente en la comunidad familiar y escolar en las que el niño se desarrolla.
  • La conducta de los niños cambia con el paso del tiempo de una situación a otra. Sin embargo, las etiquetas nos hacen ver al niños como inalterable, le marcan a veces irremediablemente para toda la vida. Invitan por eso a la pasividad: “es así, qué le vamos a hacer”.

Veamos entonces…

 

Para explicar los problemas y cambiar la conducta de los niños…

… Lo primero que tenemos que hacer es describirla con claridad y exactitud, decir justamente lo que pasó, de manera que se pueda saber a qué nos estamos refiriendo cuando lo comunicamos a los demás.

Si desarrollamos esta habilidad, evitaremos los inconvenientes de las etiquetas, seremos más objetivos y más justos y comprenderemos mejor a nuestros hijos y a nuestros alumnos. Vale la pena que nos entrenemos desde hoy mismo. Trata de localizar en el siguiente cuadro las expresiones que describan conductas de manera clara y precisa.

 

 

1. El agresivo e inmaduro

 

 

2. Empuja y tira a su hermano cada vez que éste le quita su juguete favorito.

 

3. Hiperactivo

 

 

4. Siempre que su madre le deja en el colegio se echa a llorar y está llorando durante 5 minutos.

 

5. Es dependiente e infantil

 

 

6. Durante la hora de clase se levanta unas cinco veces para ir a charlar con la compañera del fondo.

 

7. Es un neurótico

 

 

8. Cuando no se le deja ver la televisión se tira al suelo y patalea

 

9. Muy independiente

 

 

10. Se asea y desayuna solo todos los días

 

11. Muy tímido

 

 

12. En el recreo suele estar solo, apartado de los demás.

 

Si alguna vez has dicho o dices de tu hijo o de tu alumno cosas tan generales o imprecisas como “es muy malo”, “es muy infantil”, “es un neurótico”, “es mimado y egoísta”, “es muy independiente” u otras por el estilo, trata ahora de definir con términos claros y precisos a qué conductas te estás refiriendo. Te darás cuenta de que estás siendo más justo y objetivo y que los demás te entienden mejor.

Para poder describir con claridad y exactitud las conductas es necesario observarlas. Estas observaciones podemos hacerlas a lo largo del día, en momentos concretos del día, en situaciones específicas o en otras condiciones que fijemos de antemano.

En ocasiones, para que nuestras observaciones y descripciones sean más rigurosas y objetivas, y no sufran las deformaciones del olvido, nos será útil hacer registros escritos de las conductas que observamos y  de la situación en la que esas conductas tienen lugar. En nuestros registros podremos recoger datos de gran interés:

  • La descripción de lo que el niño hace, piensa o siente, anotando cuántas veces (al día, a la semana, en una hora, durante la comida, durante la clase…), cuánto tiempo emplea en esa conducta (cuánto tiempo pasa tirado en el suelo llorando, cuánto tiempo tarda en terminar de comer, cuánto tiempo se está quieto, sentado…), la intensidad (cantidad de comida que toma, cuánto grita… ).
  • Dónde ocurren las conductas (en casa, en el colegio, en la calle, en varios de estos lugares…).
  • Cuándo (a la hora de comer, en el fin de semana, cuando se le ha regañado, cuando hay personas mayores delante…).
  • Qué ocurre después (cómo respondemos nosotros, qué obtiene el niño…).

 

La conducta de los niños depende de las consecuencias que tiene

Si observamos y registramos con cuidado la conducta de nuestros hijos y alumnos nos daremos cuenta de algo muy importante: lo que un niño hace, piensa y siente no ocurre “porque si”, “por capricho” o de manera misteriosa. Por el contrario, depende de las consecuencias que esas conductas tienen para el niño y para los demás. Ante la conducta de un niño tratemos de responder siempre a una pregunta clave: ¿qué ocurre después, cómo respondemos, qué decimos, qué hacemos nosotros a continuación?

Veamos…

Si la conducta de un niño (vestirse solo, estudiar) va seguida de un premio, recompensa o reforzador positivo (atención de sus padres y maestros, elogio, palabras de aprobación), el niño la repetirá con más frecuencia en el futuro y la estará aprendiendo mejor.

Para que un niño aprenda, pues, una conducta, es necesario que esa conducta vaya seguida de un reforzador positivo. La atención, las palabras de elogio y aprobación se llaman recompensas o reforzadores positivos, porque refuerzan y consolidan las conductas. Hay otros muchos reforzadores positivos que los padres y maestros podemos utilizar en la comunicación con nuestro niños: sonrisas, leerles o contarles un cuento, caricias, escucharles, llevarles de paseo, dejarles jugar, caramelos, juguetes, puntos… La atención dispensada por los adultos es un poderoso reforzador para casi todos los niños.

Cuando la conducta de un niño no es reforzada con un reforzador positivo, no va seguida de consecuencias agradables, es menos probable que vuelva a ocurrir en el futuro, se debilita y se extingue. Muchos padres y maestros damos por sentado que las conductas que consideramos adecuadas y deseables las tienen que manifestar los niños “porque es su deber” o “porque es natural que lo hagan”, y por eso no nos acordamos de reforzarlas e incluso decidimos abiertamente no hacerla. En esas condiciones nuestros hijos y nuestros alumnos no aprenden ni repiten esas conductas, sencillamente porque no las reforzamos.

En ocasiones, las consecuencias o refuerzos positivos se los administra el niño a sí mismo diciéndose palabras de elogio, pensando bien de sí mismo, permitiéndose realizar una actividad como premio. Desde Más Vida Psicólogos Málaga te recomendamos fomentar en los niños, sirviendo como nosotros de ejemplo, la habilidad de reforzarse a sí mismos por lo que hacemos.

 

Inadvertidamente reforzamos a veces conductas inadecuadas

Las conductas inadecuadas y los problemas de conducta también se aprenden si van seguidos de consecuencias y reforzadores positivos. A veces enseñamos y fortalecemos en los niños esas conductas porque, sin querer, las reforzamos.

Si las travesuras de Luis en clase tienen como consecuencia atraer la atención del profesor y provocar las risas y la diversión de los compañeros, es muy probable que Lui